Cause Marketing y solidaridad de todo a cien
No hay nada como una pequeña dosis de solidaridad,
para lavar la mala imagen de una empresa. Las
pulseras solidarias o wristbands, aparecieron como la
penúltima forma del “cause marketing”. Inundaron
el mundo de buenos sentimientos, cobraron por ello y,
finalmente, se han convertido en una machacona moda global.
Por favor, ¡qué se acabe ya!
Cada vez más el producto tiende a convertirse en un valor
secundario respecto de la marca. En un mercado global, saturado
de productos de características muy similares, cada vez
resultan más importantes los valores asociados a la marca.
El hecho de que estos correspondan o no a la realidad es
secundario.
En este contexto, las empresas se ven abocadas a compartir
con sus consumidores algo más que una oferta de calidad,
tienen que ser capaces de compartir también unos valores.
Si un consumidor se siente éticamente incómodo al comprar
un producto probablemente, tarde o temprano, dejará de hacerlo.
De este modo, las marcas pretenden posicionarse como referencia
ética. Poseer una imagen “ética”, es un capital impagable
para cualquier empresa, un factor determinante para su posicionamiento
respecto de la competencia.
Es así como hace 20 años apareció el
'cause marketing',
como mecanismo de “maquillaje ético”. Una empresa se compromete
a colaborar con un proyecto benéfico y a cambio obtiene
una mejoría de su imagen pública, que no siempre es tan
aseada como parece y cabría esperar. A partir de ese momento
basta con sentarse a observar como los clientes redimen
sus conciencias comprando sus productos. El mecanismo en
principio no es peor que otros.
Al contrario, nadie puede negar los efectos positivos para
muchas iniciativas sociales de este tipo de estrategias.
Vicente Verdú en su libro
“El Estilo del Mundo” relaciona el “cause marketing”
con aspectos esenciales del capitalismo protestante. “Hacer
buenos negocios en la tradición puritana va unido a hacer
algo bueno para todos y así la caridad de los multimillonarios
norteamericanos expresada en fundaciones y donaciones forma
parte de las reglas del mismo sistema”. Sin embargo, lo
cierto es que frecuentemente el “cause marketing” ofrece
zonas algo oscuras.

El
caso de
Nike
y las pulseras de silicona es un buen ejemplo de ello, puesto
que se trata de una empresa que, como todo el mundo sabe,
no cuenta con la mejor imagen ética, al menos, desde que
a finales de los 90 se hizo público que en sus fábricas
de Pakistán y Vietnam se empleaba mano de obra infantil.
Las imágenes de
niños
cosiendo balones Nike, dieron la vuelta al mundo. Desde
entonces Nike ha tenido que enfrentarse a las consecuencias,
incluidas varias campañas internacionales de
boicot a sus productos.
Durante años
Nike ha hecho todo lo posible
por limpiar su imagen, regulando las condiciones de producción
en sus fábricas y comprometiéndose a no emplear mano de
obra infantil. Incluso desde abril de 2005
presume
de haber conseguido ser incluida en el listado de empresas
éticas
“100 Best Corporate Citizens”. Sin
embargo, sobre su logo aún planea la sombra de la duda.
En este sentido la iniciativa de
Nike de
apoyar la campaña
Livestrong
de la
Lance
Armstrong Foundation a través de las famosas pulseras
amarillas constituye un nuevo intento de recuperar la buena
imagen pérdida, en este caso a través del “cause marketing”.
Desde su lanzamiento hace aproximadamente un año,
Nike
comercializa en exclusiva estas pulseras cediendo todos
los beneficios a la
LAF. Su precio es de
1 euro, 1 dólar en USA.
Desde el primer momento las pulseras amarillas resultaron
irresistibles, en parte debido a una hábil campaña promocional,
que las situó en las muñecas de líderes mediáticos como
Angelina Jolie,
Tom Hanks,
Matt Damon,
Robin Williams,
Andre Agasi,
Norah Jones
o
Ben Affleck. La demanda fue tan alta
que muy pronto se agotaron las existencias. Todo el mundo
quería su pulsera, y sólo unos pocos las tenían así que
las famosas pulseras amarillas se convirtieron en un objeto
de culto e inmediatamente empezaron a anunciarse en
eBay
por
precios
bastante superiores al dólar/ euro al que se vendían
oficialmente..
Como era de esperar, a la sombra del éxito surgieron las
imitaciones. La primera en observar el filón fue la propia
Nike, que inmediatamente lanzó las pulseras
Stand
Up Speak Up contra el racismo. Apadrinadas en este caso
por
Roberto Carlos,
Ronaldinho
y
Thierry Henry entre otros, se agotaron
inmediatamente.
Para entonces la solidaridad comenzó a ceder terreno a la
moda. La rentabilidad del “cause marketing” a través de
las pulseras de silicona se hizo evidente y la iniciativa
comienza a repetirse, y a repetirse, y a repetirse, y a
repetirse...
Surgen entonces las primeras copias “Made in China” de los
originales de
Nike, que paradójicamente
se venden más caras que los propios originales.
Adidas,
sin el menor reparo, lanza las suyas con el conspicuo lema
"Impossible
Is Nothing" que nadie sabe muy bien que causa apoya
pero que al menos suena bien.
A partir de este momento el tema entra en un terreno decididamente
“frikie”. Los bajos costes de producción favorecen la proliferación
de todo tipo de pulseras, de todos los colores, y amparando
todas las causas imaginables. Así junto a los diferentes
modelos que apoyan a las
victimas de tsunami,
se encuentran pulseras menos “concienciadas” como la pulsera
I
love my dog o la verde
Kiss
me. I’m Irish. En España se dan algunos casos inefables
como las pulseras
Cuñaaao Power y
Siesta
Power de la colección
Power
Rings de
Panini.
Paralelamente continúan apareciendo campañas solidarias
en forma de wristband. Como la de la
Asociación
de Española contra el Cáncer con su pulsera verde, la
Anti-bullying lanzada por la
emisora Radio 1 de la BBC o la pulsera
rosa
en apoyo a
The
National Breast Cancer Coalition Fund en su lucha contra
el cáncer de mama. En Estados Unidos arrasan las pulseras
Support Our Heroes dedicadas
a apoyar a la
Special Operations
Warrior Fund y a los soldados americanos en Irak y la
pulsera blanca
ONE, cuya causa consiste en pedirle
a Bush una posición más activa en la lucha contra la pobreza.
Está ultima iniciativa está encabezada por
Brad
Pitt, y es apoyada por
Bono,
Bob
Geldof y una larga lista de
solidarios
oficiales. Pronto se agotará.
Seguro que no alcanza el mismo éxito la iniciativa de la
Platafora
Pobreza
Cero, mucho menos mediática. En su caso las pulseras
de silicona se han sustituido por
bandas blancas
que no es necesario comprar, puede fabricarlas uno mismo
y basta con llevarlas puestas encima, en la mochila o en
el coche. No parece muy probable que sea esta la línea de
evolución de las wristband.

Después de un año entre pulseras, es de esperar que muy
pronto queden arrinconadas en un cajón, junto a los lazos
antisida y otros fetiches solidarios. Cada cual con su causa
a cuestas carga con su pulsera, cual turista en régimen
de
“todo incluido”. Hay pulseras para todos.
Al fin y al cabo un euro es poca cosa a cambio de la posibilidad
de ser un ciudadano consciente y solidario.
Entre tanto, disfrutemos de unos objetos tan altamente democráticos.
Encontrar pulseras en la muñeca de Bush y en la de los jóvenes
antisistema, tiene su encanto. En ocasiones son hasta del
mismo color.